Crucero transatlántico desde Canarias: por qué cruzar el Atlántico en barco es una experiencia diferente a todo lo demás

Hay una imagen que se me quedó grabada la primera vez que vi un trasatlántico atracado en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Era un barco enorme, de esos que cuando los ves de cerca no te caben en la cabeza porque la escala no existe en la vida cotidiana. Y había algo en verlo ahí, en mi puerto, cargando gente y provisiones para cruzar el Atlántico, que activó algo que tardé años en actuar.

Los transatlánticos pasan por Canarias dos veces al año de forma regular. En otoño, cuando los barcos terminan la temporada europea y se van al Caribe. Y en primavera, cuando regresan a Europa desde las Antillas o desde Brasil. En ambos casos, Tenerife y Gran Canaria son escalas casi obligatorias porque la ruta histórica de los alisios, la misma que usó Colón en 1492, pasa por aquí. Las islas están en el punto exacto donde los vientos empujan hacia el oeste.

Eso significa que siendo de aquí, tienes la posibilidad de embarcar en casa para una travesía que la mayoría de la gente solo hace desde Barcelona, Southampton o Miami. Y también significa que llevas toda la vida viendo pasar estos barcos sin haber pensado demasiado en lo que hay dentro de esa experiencia.

Qué hace diferente a un transatlántico de un crucero normal

La diferencia fundamental entre un crucero mediterráneo y uno transatlántico no es el tamaño del barco ni el precio ni la calidad del buffet. Es lo que pasa cuando llevas cuatro días sin ver tierra en ninguna dirección.

En un crucero mediterráneo, el barco es fundamentalmente el transporte entre puertos. Duermes en él, comes en él, y cuando amaneces estás en otra ciudad. El mar es el fondo de la película. En un transatlántico, el barco es el destino. Hay días, varios días seguidos, en los que te levantas y el horizonte es solo agua en todas las direcciones. Sin tierra, sin referencia de escala, solo el barco moviéndose sobre el Atlántico.

Una travesía transatlántica dura aproximadamente 20 días dependiendo de los vientos alisios, y el itinerario más habitual es entre Canarias y Martinica o el Caribe. Es en alta mar donde la experiencia real sucede: guardias nocturnas que descubren un cielo estrellado sin contaminación lumínica, amaneceres y atardeceres que sabes que no volverás a ver de la misma forma, y ratos de escuchar música, leer y conversar con el resto de la gente a bordo.

Eso no es para todo el mundo. Hay personas que en cuarenta y ocho horas sin tierra empiezan a ponerse nerviosas. Hay otras que descubren que es exactamente lo que necesitaban. El transatlántico, más que ningún otro tipo de viaje en crucero, te obliga a relacionarte contigo mismo y con las personas que tienes alrededor porque el exterior tiene poco que ofrecer en términos de estimulación visual. Eso puede ser maravilloso o puede ser insoportable dependiendo de quién seas.

Por qué los transatlánticos son los cruceros más baratos del mercado

Los cruceros transatlánticos son cruceros de reposicionamiento: ocurren cuando las navieras trasladan sus barcos entre Europa y el Caribe en primavera y otoño para aprovechar las temporadas. El barco tiene que hacer ese desplazamiento de todas formas para empezar su temporada en el otro lado, así que la naviera llena los camarotes a precios significativamente más bajos que los itinerarios habituales.

El resultado es paradójico: el viaje que más tiempo dura, que cubre más distancia y que ofrece la experiencia más particular es con frecuencia el más barato por noche de las opciones disponibles. Un transatlántico de quince días con escalas en Canarias, Azores, Madeira y el Caribe puede salir a un precio por noche menor que un crucero mediterráneo de una semana en temporada media.

Los cruceros transatlánticos son significativamente más económicos porque suelen costar menos que otros cruceros de duraciones similares, aunque los viajes son limitados y se suelen agotar rápidamente. Las fechas son fijas: octubre y noviembre para los que van de Europa al Caribe, y marzo, abril y mayo para los que regresan. Fuera de esas ventanas no hay transatlánticos regulares.

Para alguien con flexibilidad de fechas, que no depende del calendario escolar y que tiene dos o tres semanas disponibles, la relación precio-experiencia de un transatlántico es difícil de superar en el mundo de los cruceros.

El papel de Canarias en la ruta

Canarias no es una escala más en un transatlántico. Es el último punto de Europa antes de que el barco entre en el Atlántico abierto, y eso le da un significado especial que quien no vive aquí no percibe de la misma manera.

Los itinerarios transatlánticos incluyen habitualmente paradas en los archipiélagos de la Macaronesia: Las Palmas de Gran Canaria o Santa Cruz de Tenerife, Madeira, las Azores, y a veces Cabo Verde, antes de cruzar el océano. Eso significa que los pasajeros que embarcan en estas escalas entran en el barco cuando el viaje ya lleva días de recorrido por Europa y la gente ya se conoce y tiene sus rutinas. Es una entrada que tiene su propia dinámica, diferente a embarcar en el puerto de origen.

Para un canario que embarca en Tenerife o en Las Palmas, hay una capa adicional de rareza que resulta difícil de explicar. Subes a un barco en tu puerto, te despides de las islas desde cubierta mientras el barco zarpa, y sabes que la siguiente vez que veas tierra firme será en el Caribe o en las Azores. Algo en esa imagen, en dejar atrás las montañas de casa desde el mar, tiene un peso diferente al de cualquier despedida en un aeropuerto.

Los días en alta mar: lo que nadie te prepara para vivir

El Atlántico abierto es diferente al Mediterráneo en aspectos que se sienten físicamente antes de verlos. El oleaje es más largo y sostenido, con olas que vienen desde lejos y balancean el barco de una forma diferente a la picada corta del Mediterráneo. Los barcos modernos tienen estabilizadores que minimizan el movimiento, pero en alta mar con mar de fondo siempre hay cierto cabeceo que simplemente forma parte de la experiencia.

La sensación de no tener tierra visible en ninguna dirección es extraña los primeros días y completamente normal después. El horizonte circular con el barco en el centro y nada más es visualmente impresionante durante un rato y luego se convierte en el paisaje habitual. Los atardeceres sobre el Atlántico sin contaminación lumínica ni tierra en el horizonte son de los más intensos que he visto, con esa línea entre el naranja del cielo y el azul oscuro del agua que en otras latitudes siempre tiene algo que la rompe.

Las noches en alta mar son, para los que pueden quedarse despiertos hasta tarde en cubierta, una de las experiencias más recomendables del viaje. La contaminación lumínica existe en el barco, pero una vez que te alejas de las luces de las piscinas y los bares, el cielo que ves a mitad del Atlántico no tiene equivalente en tierra en ningún lugar de Europa.

Avistamientos de fauna marina: el bonus que no esperas

En algunos cruceros transatlánticos es posible ver ballenas, delfines y aves marinas en su hábitat natural durante las travesías, especialmente en los meses más cálidos del año. No está garantizado y no hay horario, pero las aguas atlánticas entre Canarias y el Caribe son unas de las más ricas del mundo en cetáceos.

En Canarias lo sabemos bien porque tenemos ballenas piloto residentes todo el año en el canal entre Tenerife y La Gomera. Pero ver un grupo de delfines en alta mar, a mil kilómetros de cualquier costa, es una experiencia cualitativamente diferente. No hay fondo de acantilados ni barcos de avistamiento ni posada para turistas. Son animales en medio del océano que se acercan al barco por curiosidad propia, y eso tiene un peso que la palabra «avistamiento» no termina de capturar.

Las escalas: el Caribe como recompensa

La mayoría de los transatlánticos en otoño terminan en algún punto del Caribe después de cruzar el océano. Martinica, Guadalupe, Barbados o las Antillas holandesas son los destinos más frecuentes dependiendo de la naviera y la temporada.

El contraste entre el Atlántico gris de noviembre en la travesía y el agua turquesa del Caribe cuando llegas después de diez días de navegación es uno de esos momentos que la gente que ha hecho transatlánticos menciona siempre cuando habla de la experiencia. El olor del aire cambia antes de ver tierra. La temperatura sube de forma perceptible. Y el color del agua, que ha ido variando durante la travesía de azul oscuro a ese verde-azul inconfundible del trópico, te dice que has llegado a otro mundo antes de que el barco atraque.

A quién le recomendaría esta experiencia y a quién no

Le recomendaría un transatlántico a alguien que tenga tiempo real disponible, no apuro por llegar a ningún sitio, capacidad para disfrutar de la inactividad sin angustia, y alguna curiosidad por el mar como elemento en sí mismo y no solo como fondo de vacaciones. También a quien le interese la historia de la navegación atlántica, porque viajar por la misma ruta que los descubridores del siglo XV, saliendo desde Canarias con los alisios en popa, tiene una dimensión histórica que pocas experiencias de viaje tienen.

No lo recomendaría a quien necesita estímulos externos constantes para sentirse bien, a quien el movimiento del barco le genera problemas físicos, o a quien considera las vacaciones principalmente como una acumulación de destinos y experiencias que contar después.

La travesía es lenta. Ese es exactamente su punto.

Cómo embarcar en Canarias en un transatlántico

La mayoría de los barcos que hacen escala en Tenerife o Gran Canaria permiten embarcar en esas escalas si hay disponibilidad de camarotes. Hay que buscarlo específicamente en las webs de las navieras porque no siempre aparece en las búsquedas principales que muestran el itinerario completo desde el puerto de origen.

Las navieras que operan transatlánticos con escala regular en Canarias incluyen MSC, Costa, Norwegian y Cunard. Los barcos de Cunard, especialmente el Queen Mary 2, tienen la particularidad de ser los únicos que hacen la travesía Southampton-Nueva York de forma regular durante todo el año, y también pasan por las islas en sus repositicionamientos estacionales.

La forma más fácil de encontrar estas salidas es buscar en comparadores de cruceros filtrando por duración mayor de 12 noches y puerto de embarque en Tenerife o Las Palmas. Las fechas para el otoño son habitualmente octubre y noviembre, y para la vuelta de primavera, marzo y abril.

El precio por noche es, como ya he dicho, de los más bajos del mercado de cruceros. Para quien vive en las islas y puede embarcar directamente desde casa, es una opción que no tiene equivalente en ningún otro tipo de viaje.

 

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