Nunca ha habido más gente viajando ni más gente sintiéndose sola mientras lo hace

Hay un dato que circuló a principios de este año y que me pareció de los más perturbadores que he leído sobre el turismo en mucho tiempo. En los primeros tres meses de 2025, más de 300 millones de turistas realizaron viajes internacionales, un crecimiento del 5% respecto al año anterior y un 3% por encima de los niveles prepandemia de 2019. Trescientos millones de personas moviéndose por el planeta en noventa días, más que nunca en la historia registrada de la humanidad.

Y al mismo tiempo, en ese mismo período, las búsquedas relacionadas con viajes en solitario habían crecido un 20% en el año anterior y el 62% de los viajeros encuestados planeaba realizar entre dos y cinco viajes solos en 2025.

Más gente viajando que nunca. Más gente eligiendo hacerlo sola que nunca. Destinos colapsados con colas en cada monumento, y al mismo tiempo una industria entera construyéndose alrededor del viajero que no quiere estar con nadie.

Eso no es una coincidencia. Es una contradicción que dice algo importante sobre lo que le hemos hecho al turismo, y sobre lo que el turismo nos está haciendo a nosotros.

El problema del sitio perfecto que ya no existe cuando llegas

Hay un ciclo que todo el mundo que viaja con cierta frecuencia ha vivido o está a punto de vivir.

Escuchas de un lugar que es especial. Todavía no ha salido en los grandes medios, te lo cuenta alguien que estuvo hace dos o tres años y lo describe con esa nostalgia de quien llegó antes que las masas. Decides ir. Cuando llegas, encuentras colas, precios duplicados, hostales llenos de gente haciendo las mismas fotos para las mismas redes sociales, y una versión reducida y gestionada del lugar que te habían prometido.

Eso no es mala suerte. Es el ciclo normal del turismo en 2025.

Entre los principales factores que generan la saturación turística están los vuelos low cost, las redes sociales, la alta demanda de determinados destinos y los bajos controles por parte de los poderes públicos. El efecto imitación de los hábitos turísticos, amplificado ahora por TikTok e Instagram, también es un punto fundamental. Una cuenta grande publica un vídeo de un pueblo en los Dolomitas, un desfiladero en Albania o una playa en Vietnam, y en seis meses ese lugar tiene el mismo problema que los sitios de los que la gente huía.

Lo irónico es que el contenido que genera el problema a menudo lo crea alguien que estaba buscando exactamente lo contrario. El viajero que va a un lugar remoto para encontrar autenticidad, lo documenta, lo comparte, y con eso lo destruye para la siguiente persona que busca lo mismo que él buscaba.

Las redes sociales han convertido el turismo en un sistema que se devora a sí mismo.

La paradoja del viajero que huye de los turistas siendo turista

Uno de los fenómenos más curiosos del turismo actual es la categoría psicológica de gente que no se considera turista aunque viaje como turista.

Lo conoces si llevas tiempo viajando. Es quien dice que no le gustan los sitios turísticos, que prefiere perderse por los barrios de los locales, que odia las excursiones organizadas, que busca lo auténtico. Nada de eso es intrínsecamente malo. El problema ocurre cuando esa actitud se multiplica por millones de personas haciendo exactamente lo mismo al mismo tiempo.

Los barrios de los locales en Lisboa, en Oaxaca, en Tbilisi o en Medellín que hace cinco años eran genuinamente de los locales ahora son de los viajeros que huyen del turismo masivo. Los precios han subido. Los negocios originales han cerrado o se han transformado para servir a esta nueva demanda. Los propios locales se han desplazado a barrios más periféricos porque no pueden pagar los alquileres del barrio donde crecieron.

La llegada masiva de turistas eleva los precios de alquileres y servicios. La masificación turística provoca sobreexplotación de recursos naturales, contaminación y un aumento considerable de residuos. Y eso ocurre también en los destinos alternativos, solo que con un retraso de dos o tres años respecto a los destinos principales.

El viajero auténtico, en su búsqueda de autenticidad, ha creado otro circuito turístico paralelo que reproduce exactamente los mismos problemas del que intentaba evitar.

El viaje en solitario como respuesta a algo que nadie nombra bien

El crecimiento del turismo en solitario que los datos reflejan este año es real y tiene causas demográficas y sociales que se explican fácilmente. Más personas solteras, más personas con independencia económica, más personas que valoran la autonomía sobre la coordinación con otros. Todo eso es cierto.

Pero hay algo más debajo de eso que los informes de tendencias no terminan de nombrar con precisión.

Una parte significativa del crecimiento del viaje en solitario no viene de gente que quiere estar sola. Viene de gente que no ha encontrado con quién ir, o que ha dejado de esperar a encontrarlo porque la ventana de oportunidad para ese viaje se cierra. Viene también de gente que ha viajado en grupo o en pareja y ha descubierto que viajar con otros tiene sus propias fricciones, que los ritmos no coinciden, que los intereses divergen, que hay que negociar cada decisión.

Esta tendencia refleja un cambio en los valores sociales: la libertad, la autenticidad y la conexión humana genuina son ahora prioritarias. El viaje en solitario ya no es un acto de soledad sino una elección consciente que combina independencia con propósito.

Eso es verdad para una parte de los viajeros solitarios. Para otra parte, el viaje en solitario es la respuesta pragmática a que construir experiencias compartidas con otras personas se ha vuelto más difícil en sociedades donde las agendas están cada vez más fragmentadas y los compromisos son más complicados de coordinar.

No es exactamente lo mismo. Y la diferencia importa.

Lo que pasa en el destino masificado cuando llegas solo

Hay algo específico que ocurre cuando llegas solo a un destino masificado que no ocurre igual cuando vas acompañado.

Cuando vas con alguien, la experiencia del lugar tiene siempre una capa extra: la relación con esa persona. La conversación en el taxi, la broma sobre la cena que salió mal, el momento de parar en un café sin razón concreta. El destino importa, pero no es el único contenido de la experiencia.

Cuando vas solo, el destino es todo lo que hay. Si el destino decepciona, no hay amortiguación. Si la Fontana di Trevi está rodeada de doscientas personas con el teléfono en alto y no puedes ver el agua por los paraguas y los selfie sticks, eso es lo que tienes. Si el templo en Bali tiene acceso limitado porque han construido una valla para gestionar el flujo y ahora parece un parque temático, eso es lo que encuentras.

El viajero solitario, que con frecuencia lleva mucho tiempo planeando ese viaje y depositando expectativas en él, es también el más expuesto al impacto de la decepción cuando el lugar no es lo que esperaba porque el turismo masivo lo ha transformado.

La industria que se ha construido alrededor de esto

Han surgido plataformas cuya propuesta de valor se basa en reducir una de las principales barreras del viaje en solitario: la soledad no deseada. Su modelo opera bajo un sistema freemium donde los ingresos provienen de suscripciones premium, publicidad segmentada y alianzas con proveedores turísticos.

Dicho de otra manera: hay un negocio completo construido alrededor de conectar a viajeros solitarios entre sí. Tours exclusivos para personas que viajan solas. Aplicaciones para encontrar compañeros de viaje con intereses similares. Alojamientos diseñados específicamente para facilitar la interacción entre huéspedes que no se conocen.

Todo eso existe porque hay una demanda real. Y la demanda existe porque hay millones de personas que viajan solas pero que en el fondo no quieren hacerlo completamente solas. Que buscan la independencia de ir sin compromisos fijos pero también la posibilidad de conexión cuando la quieren.

Eso no es una contradicción que haya que resolver. Es simplemente humano. Pero sí dice algo interesante: que la narrativa del viajero solitario empoderado que elige conscientemente la soledad no describe a todo el segmento que las estadísticas agrupan en esa categoría.

Por qué Canarias está en el centro de este debate sin saberlo bien

Las Canarias reciben más de dieciséis millones de turistas al año en un territorio con menos de dos millones de habitantes. España es el segundo país del mundo con más ingresos por turismo y ha conseguido un crecimiento del 9% en los primeros meses de 2025, lo cual suena bien en términos económicos agregados y suena bastante diferente cuando lo ves desde dentro de una isla que ya no puede aparcar en sus playas en agosto.

Las Canarias tienen la suerte y la desgracia de ser exactamente el tipo de destino que todo el mundo quiere en 2025. Clima constante, acceso directo desde toda Europa, paisajes que van desde el desierto hasta la selva laurisilva en pocos kilómetros, precio todavía razonable comparado con otros destinos mediterráneos, y la combinación de infraestructura turística desarrollada con rincones que todavía no están en los folletos principales.

Esa combinación, que es lo que hace que las islas sean únicas, es también lo que las sitúa en el centro exacto de la contradicción que describe este artículo. El turista que huye de la masificación llega a las islas buscando lo que no ha encontrado en otros sitios. Y trae consigo, sin pretenderlo, exactamente el problema del que huía.

Qué hacer con todo esto

No hay una respuesta sencilla, y cualquier artículo que termine con cinco puntos accionables sobre cómo viajar de forma responsable está simplificando un problema estructural hasta convertirlo en una cuestión de elecciones individuales, que es conveniente para las industrias implicadas pero inexacto.

El turismo masivo es el resultado de décadas de políticas que lo fomentaron como motor económico sin gestionar sus externalidades. Los vuelos baratos, las plataformas de alojamiento sin regulación, los algoritmos de redes sociales que amplifican destinos hasta saturarlos: son sistemas, no decisiones individuales.

Lo que sí puede hacer un viajero individualmente es ser honesto sobre lo que busca. Si buscas conectar con algo genuino en un lugar, eso requiere tiempo y disposición a salir de los circuitos establecidos, no solo elegir un destino alternativo que en dos años tendrá el mismo problema. Si buscas descanso y no te importa la masificación, los destinos turísticos establecidos tienen exactamente esa infraestructura. Si buscas escapar de algo que llevas dentro, ningún destino va a resolver eso.

Y si lo que buscas es viajar solo pero sin sentirte solo, eso tampoco lo va a resolver el destino. Lo resuelve la disposición a hablar con la persona que está sentada a tu lado en el tren, con el propietario del bar donde tomas el café por la mañana, con el viajero que está mirando el mismo mapa que tú en la plaza central.

Eso siempre ha sido posible. En los destinos masificados y en los alternativos. Antes de Instagram y después.

 

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